El recrudecimiento de las tensiones entre Washington y Teherán ha puesto sobre la mesa un tema que muchas familias estadounidenses creían sepultado: la posibilidad del regreso del servicio militar obligatorio. En los círculos políticos de la capital norteamericana, crece la inquietud ante un eventual despliegue masivo de tropas terrestres que podría requerir más soldados de los que el ejército profesional puede proveer.
Entre las voces que expresan preocupación se encuentra la de Melania Trump, quien según fuentes cercanas al entorno familiar, manifestó su inquietud por el futuro de su hijo Barron, de 18 años, en edad de ser convocado si se restableciera el draft militar. La ex primera dama no sería la única en el círculo íntimo del expresidente en expresar estos temores, que reflejan una realidad que trasciende las líneas partidarias.
El fantasma del reclutamiento forzoso no se materializaba en suelo estadounidense desde la Guerra de Vietnam, cuando el sistema fue abolido en 1973 tras generar enormes divisiones sociales. Sin embargo, la escalada de hostilidades en Medio Oriente y la posible necesidad de una intervención terrestre de gran envergadura han reavivado debates que parecían clausurados definitivamente.
Las familias de clase alta, históricamente más protegidas de los conflictos bélicos gracias a sus recursos para evitar el servicio militar, observan con creciente nerviosismo cómo sus privilegios tradicionales podrían no alcanzar si la situación se deteriora. Los estrategas militares advierten que un conflicto prolongado con Irán requeriría un esfuerzo humano muy superior al de las intervenciones recientes en Irak o Afganistán.
¿Estará Estados Unidos preparado para enfrentar las consecuencias sociales de revivir una medida que dividió profundamente al país hace cinco décadas, especialmente cuando quienes podrían impulsarla ven ahora amenazados a sus propios hijos?

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